¿Influye el período prenatal en nuestra vida? (2 de 3)

Conferencia de Marie-Andrée BERTIN, Presidenta de la OMAEP – Organización Mundial de Asociaciones de Educación Prenatal- . Dictada en el Auditorio Carlos Lleras Restrepo en la sede nacional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Miércoles 4 de Abril del 2001.

LAS DEDUCCIONES DE LOS FACULTATIVOS

De los trabajos de Marie-Louise Aucher nacieron “las maternidades cantoras” en Pithiviers desde los años 70, gracias al Dr. Michel Odent, después en París, en Rouen y en otras ciudades. Los padres, las madres y los hermanos cantan en coral, pero también los médicos, las comadronas, las puericultoras, a fin de crear entre el personal sanitario y los futuros padres, y la futura madre sobre todo, un ambiente amistoso, casi familiar, que facilitará enormemente el parto. “Este canto en común, dice Marie-Louise Aucher, mejora el estado general y nervioso de las madres, que traen al mundo niños resistentes – y bien equilibrados en la parte superior e inferior del cuerpo -, niños tranquilos, serenos, alegres, y que se adaptan fácilmente a las diferentes situaciones en las que se encuentran”, lo que es signo de un buen equilibrio psíquico. Una cualidad muy útil en este mundo que les acoge.

A la luz de estos conocimientos sobre la audición fetal, y sobre las repercusiones emocionales que le están indisolublemente unidas, algunos ginecólogos y pediatras la han tenido en cuenta y han enriquecido su práctica.

Desde hace ya tiempo, el Dr. Tomatis reequilibra a niños perturbados, y también a adultos con problemas, haciéndoles escuchar la voz de sus madres filtrada a través de un medio acuoso, es decir, tal como la percibían en el útero a través del líquido amniótico. Esta regresión a su estado prenatal permite a sus pacientes, grandes o pequeños, establecer un nuevo contacto con sus energías primordiales y retomar una evolución normal.

Más recientemente, el Dr. Couronne, jefe del servicio de neonatología del Hospital de Metz (Francia), que está a cargo de los bebés prematuros, ha creado lo que él denomina “el cordón umbilical sonoro” que conecta de nuevo al bebé con sus padres.

¿Qué es un bebé prematuro? Es un feto que nace cuando aún no ha madurado completamente. Funciona en un medio diferente al que debería estar para continuar normalmente su desarrollo, pero con el equipamiento físico de su edad prenatal. Necesita de la presencia de su madre mucho más que un recién nacido. Pero cuando, por diversas razones, esta presencia es insuficiente, o imposible, el Dr. Couronne pide a los padres que graben una casete conteniendo un 50% con la voz de la madre, un 30% con la voz del padre (los padres hablan libremente, con el corazón, a su bebé) y el 20% restante con música suave. Un pequeño micrófono situado en la incubadora hace que el bebé escuche esta grabación durante media hora al día, en un momento en que no necesite ningún cuidado. Se ha visto entonces cómo su carita esboza una sonrisa, sus miembros se distienden y llega a dormirse de forma apacible; el niño reencuentra señales portadoras de amor y seguridad.

Las primeras experiencias con grupos de control, han mostrado que estos prematuros se recuperan mucho más rápidamente que los otros cuando están enfermos, y que todos se desarrollan mucho mejor que los que no se benefician de este “cordón umbilical sonoro“.

Por otro lado, los padres, que a menudo se sienten culpables de no haber podido llevar a término el embarazo, se sienten de alguna manera más cercanos a sus bebés. Pierden también la impresión frecuente de que el equipo médico les ha “secuestrado” a su hijo, y éste a su vez les considera en su verdadero rol de padres. Sus relaciones son mucho mejores. Todo ello va a facilitar los encuentros padres-hijo, y se verá cuán importante es para el equilibrio futuro de éste último.

El precio: una casete. Esta práctica se extiende poco a poco a otras maternidades en Francia y más allá, como he podido verificar en Oslo.

El Dr. Klopfenstein, ginecólogo responsable de la maternidad de Calais (Francia), ha hecho un interesante estudio a partir del método Tomatis, método por el cual se interesó, intrigado por los resultados de los pacientes que lo habían seguido en otros lugares.

Colocó en el oído electrónico (un aparato de audición que, progresivamente, va suprimiendo los tonos graves) a jóvenes embarazadas voluntarias durante media hora a la semana antes de la clásica sesión de preparación al parto. Las estadísticas realizadas durante cuatro años le revelaron una clara disminución de la angustia, una reducción del trabajo medio de parto de 4 h a 2 h 40 min, un descenso de cesáreas al 33% de la media nacional, y una disminución notable del número de intervenciones técnicas.

Aparte de los tests y de los datos estadísticos (pues no existe ningún estudio tabulado para demostrar la felicidad y la libertad -y sin duda está bien así), el equipo médico constató una excelente relación entre la madre y el niño y, añade el Dr. Klopfenstein, “esperamos serenamente la evolución de los niños, sabiendo que ciertos problemas unidos a la angustia de su madre se disiparán. Sus potencialidades se están estudiando, pero son prometedoras“.

¿Podemos esperar poner a todas las mujeres embarazadas en el oído electrónico, a fin de elevar su tasa vibratoria y dinamizar su alegría de vivir? ¡Difícil! Sin duda, es posible obtener resultados parecidos con prácticas sencillas integradas en la vida cotidiana. Recordemos las maternidades cantoras que hemos citado anteriormente. Es algo que se puede realizar en todos los lugares de nacimientos.

LAS DEDUCCIONES DE LOS FUTUROS PADRES

Si la mujer encinta añade el canto a la voz hablada, va a provocar resonancias mucho más intensas, un impacto físico y neurológico poderoso. Para el niño es mucho más equilibrante y completo. Y para la madre también es mucho más tonificante“. Marie-Louise Aucher.

¡Y qué decir si el padre canta con ella y si toda la familia aporta su riqueza vocal!

Por otro lado, la audición frecuente por parte de la madre – y el niño – de una música suave, estructurada y estructurante, beneficia tanto al uno como al otro.

Una médica inglesa, Michele Clements, ha estudiado las reacciones de los bebés a diferentes músicas. Así, ha constatado que Brahms y Beethoven les agitan, mientras que Mozart y Vivaldi les apaciguan. A los bebés les gusta mucho Mozart, sobre todo sus obras de juventud. En cuanto al rock, les pone fuera de sí. Se ha visto a futuras mamás obligadas a abandonar una sala de conciertos de rock, por las molestas patadas que recibían de sus bebés desde su seno materno. Los trabajos de Marie-Louise Aucher nos ayudan a comprender por qué. Los bajos, muy fuertes en este género de música, golpean la base de la columna vertebral de la madre, y se transmiten directa y demasiado fuertemente al niño, que reacciona y se defiende.

La madre, pues, necesita elegir una música que le guste, claro, pero permaneciendo a la escucha de las reacciones de su bebé.

Una audición repetida puede incluso conducir a un verdadero aprendizaje. Un director de orquesta americano, Boris Brot, fue un día entrevistado en la televisión. Le preguntaron de dónde le venia su afición por la música. Respondió que le venía desde antes de nacer. Cuando estudiaba ciertas obras por primera vez, conocía la partitura del violonchelo de memoria, incluso antes de haberla leído por primera vez. No comprendía del todo este fenómeno. Habló de ello con su madre, que “por casualidad”, era violonchelista. Recordando y buscando en sus partituras, la madre descubrió que los fragmentos en los que su hijo se sabía de memoria la partitura del violonchelo, eran los que ella había estudiado, repetido y ensayado cuando le esperaba en su vientre.

Esto demuestra que hubo una grabación precisa y una memorización duradera. Rubinstein, Yehudi Menuhin, Olivier Messiaen han hecho confidencias análogas. ¿Y si pudiésemos interrogar a Mozart?

Nadie se arriesgaría a garantizar a una futura madre que escuchando mucha música o cantando mucho durante su embarazo, traerá al mundo un compositor, un virtuoso, una cantante, pero de lo que sí puede estar segura es de haber sensibilizado a su hijo al arte sonoro. Más allá de eventuales competencias en este dominio, ella le habrá dado la afición, y esta riqueza le acompañará a lo largo de su vida.

  • En el cerebro, ¿cómo actúan estos estímulos?

El mamífero recién nacido se endereza muy rápido sobre sus patas y después de algunos pasos vacilantes, se pone a dar brincos. Los animales están genéticamente programados para esta actuación indispensable en la supervivencia de la especie. Su red motora-cerebral ya está a punto para actuar desde el nacimiento.

Pero el hombre tiene otro destino. El feto humano está dotado de un equipamiento diferente, constituido de sistemas sensoriales muy competentes y de zonas cerebrales no programadas genéticamente, que ocupan al menos un tercio del cerebro. Y sus neuronas se informan al mismo tiempo que se forman.

Lo que está programado en el hombre, es su no-programación… Este “vacío genético” se encontraría en el origen de las posibilidades del hombre…
Estas áreas (libres) se van haciendo progresivamente “asociativas” integrando las múltiples experiencias que graban, y que constituyen como una red de conexión, un conjunto cableado, en donde se inscribirán poco a poco las aptitudes del niño” (Dr. Delassus).

Pero el ser en formación no graba sólo adquisiciones sensoriales, él registra también en su memoria celular las huellas afectivas que recibe ante todo de su madre, pero también de su padre, incluso de su entorno.

LAS HUELLAS AFECTIVAS: LOS CONOCIMIENTOS

Un factor absolutamente primordial ha sido puesto en evidencia por psicólogos y psiquiatras: la calidad del vínculo afectivo que une a la madre y a su hijo.

El Dr. Verny, psiquiatra de Toronto (Canadá), nos dice: “el amor de una madre hacia su hijo/a, las ideas que se forma de él, la riqueza de comunicación que establece con él, tienen una influencia determinante sobre su desarrollo físico, sobre las líneas de fuerza de su personalidad y sobre sus predisposiciones de carácter“.

Una encuesta realizada a 500 mujeres mostró que cerca de la tercera parte de ellas no pensaban casi nunca en el bebé que esperaban. Los niños que trajeron al mundo tenían un peso inferior al normal, y presentaban trastornos digestivos y nerviosos más frecuentes y más serios que los otros niños. Lloraban mucho y, en los primeros años de su vida – faltan datos que recojan sus reacciones de adolescentes y de adultos – presentaban dificultades de adaptación a los demás y a la vida. Sus madres ignoraban que el niño alimenta su psiquismo naciente con sus sentimientos y sus pensamientos (los de la madre) y que esta necesidad de amor es completamente primordial incluso antes de su nacimiento. Ya en su seno, el niño había sufrido de abandono afectivo.

La Dra. Sylvie Richard, pediatra del Hospital de Tours, presentó una tesis que estudiaba “la influencia de las vivencias emocionales de la mujer encinta sobre el temperamento y la salud del lactante”.

Hizo un seguimiento a 100 madres y a sus niños durante el embarazo, en el transcurso del alumbramiento, y ocho meses más tarde. Los repartió en tres grupos según la intensidad normal, media o muy fuerte de estrés, más o menos permanente, vivido por la futura madre. Las estadísticas le han revelado una correspondencia evidente entre las perturbaciones emocionales de la futura madre, los problemas de salud y los trastornos psicológicos del niño.

Este estudio se une al del Dr. Odent, según el cual la salud primal (palabra inglesa que denota primero en el tiempo y primero en importancia), o sea la salud de base física y psíquica de un ser humano, se establece durante el periodo de estrecha dependencia con la madre, es decir, durante los nueve meses del embarazo, las horas cruciales del nacimiento y el periodo de lactancia.

Y esto no discurre siempre sin dificultades. Así en 1964, en Holanda, se presentaron a un examen médico un número totalmente inhabitual de jóvenes obesos.

Eran oriundos de una región que había padecido hambre durante la guerra con Alemania en 1944. Los más problemáticos eran aquellos cuyas madres habían padecido hambre durante los cuatro o cinco primeros meses de su gestación, en el momento en que se estaba formando el hipotálamo, que entre otras funciones, regula el hambre. La ansiedad de sus madres había repercutido biológicamente en el hipotálamo del feto.

Otro estudio, llevado a cabo en Finlandia con niños que habían perdido a su padre antes o después de su nacimiento, muestra una clara diferencia entre los dos casos. Los niños que habían participado in-útero del estrés de su madre estaban más perturbados que los que ya habían nacido cuando se produjo el fallecimiento. La proporción de trastornos psicóticos era más elevada entre los hijos póstumos: 16% de esquizofrénicos frente a un 6%. En este caso, los investigadores sostienen también la hipótesis de un perjuicio anatómico padecido por el hipotálamo.

Se trata, claro, de situaciones extremas: el hambre o la muerte del cónyuge no son afortunadamente acontecimientos frecuentes.

La mayoría de las veces los trastornos son de orden funcional o psicológico, por tanto susceptibles de mejora.

El Profesor P. Fedor-Freyberg, de la Universidad de Estocolmo, nos cuenta el caso de una recién nacida, Kristina, que desde su nacimiento, rechazaba obstinadamente el pecho de su madre, mientras que se abalanzaba sobre el biberón cuando se le presentaba, y se aferraba al pecho de otra mujer mamando vigorosamente. Una intuición del Profesor le hizo preguntar a la madre: “Señora, ¿verdaderamente deseaba Ud. tener este hijo?” “No, admitió ella. Yo quería abortar. Pero mi marido deseaba tenerlo y entonces decidí tenerlo“.

Sin duda alguna, Kristina había percibido el rechazo de su madre y se lo devolvía como un espejo. La madre lo entendió, su niña le había tocado el corazón, cambió de actitud y las cosas se arreglaron.

No todos los niños manifiestan una reacción tan inmediata. Por ejemplo, un médico alemán, Paul Bick, recibe un día a un hombre que sufría bruscos acaloramientos acompañados por una angustia de muerte. El psiquiatra lo trata con técnicas habituales sin ningún resultado. Pone entonces al paciente bajo hipnosis y le invita a hacer una regresión. Le lleva a su infancia, a su nacimiento, nada hay de anormal. Le lleva más lejos, al noveno mes de gestación, al octavo mes, todo está en calma, está bien, pero en el séptimo mes, se le estrangula la voz, se enloquece, tiene mucho calor, siente que le quieren matar. Y encuentra el origen de su trastorno. El psiquiatra le devuelve a su conciencia normal. Una conversación con la madre saca a su hijo de esa penosa situación, al confesarle su madre que al séptimo mes de su embarazo se encontraba en un estado tal de angustia que había intentado abortar tomando baños de agua muy calientes.

Treinta años después, ella había superado desde hacía tiempo sus dificultades, pero el niño había grabado en su memoria subconsciente, no sólo la sensación agobiante de calor, sino también la intención de muerte presente en la consciencia materna, y ese recuerdo escondido le atormentaba aún de adulto.

Para intentar comprender el proceso que desemboca en estos fenómenos, vamos a dar un rodeo y ver los estudios realizados por el Dr. Levine, cirujano-dentista de Manchester. Este dentista ha coleccionado durante varios años dientes de leche en los que ha observado cortes a través del microscopio electrónico.

Los dientes son como una especie de archivos de piedra de nuestro organismo (las coronas de los dientes de leche se forman durante la segunda mitad del embarazo y el primer año de vida). Los estratos de esmalte pueden ser datados, exactamente como un geólogo data las diferentes capas de un terreno. Este dentista observó en primer lugar una línea grisácea a la que denominó “línea neonatal“, ya que corresponde al “‘trauma del nacimiento“, y que está ausente cuando el nacimiento ha transcurrido de manera óptima.

Los estratos de esmalte situados por debajo de esta línea, se han depositado en los brotes dentales durante su desarrollo en la mandíbula del feto. En estas capas ha constatado frecuentes anomalías, pudiendo llegar hasta imperceptibles vacíos. ¿Qué ha ocurrido para que se haya bloqueado así durante un tiempo más o menos largo, el proceso de edificación de los dientes de leche… y probablemente de los órganos blandos y nobles como son el corazón, el hígado, el cerebro, que no han conservado de ello huellas anatómicas detectables?

El Dr. Levine se asocia con un psicólogo que conversa con las madres. Aparecen entonces correspondencias exactas entre estas anomalías y situaciones de estrés muy violentas que las madres habían tenido durante su embarazo. ¿Cómo se pueden producir estos fenómenos?

Cuando padecemos estrés, nuestro organismo, nuestras glándulas suprarrenales en particular, fabrican la adrenalina, las catecolaminas, las hormonas llamadas “del estrés“, que nos permiten hacer frente a esa situación. En la mujer embarazada, estas hormonas atraviesan la barrera placentaria, inundan el feto, creando en él un estado fisiológico correspondiente a esta emoción materna, pero mucho más fuerte, y mucho más impactante todavía, puesto que el adulto ha desarrollado a lo largo de su vida estrategias de defensa, de las cuales el niño está totalmente desprovisto.

Sobre todo no se inquieten, mamás encintas que lean estas líneas: se trataba de shocks muy violentos. No se preocupen por una contrariedad pasajera. Al bebé sólo lo marcan los shocks muy graves o perturbaciones profundas y duraderas – por ejemplo, una relación muy mala con la pareja – que con el tiempo se repiten y se instalan, comprometiendo la seguridad y el futuro de la madre y del niño. Sepan también que la futura madre posee lo que el Dr. Verny llama un escudo protector para su hijo: que es el de su amor. Y puede hacer frente a condiciones muy adversas.

Felizmente, lo contrario es igualmente cierto, y es ahí cuando la madre puede actuar positivamente. Cuando estamos en un estado de alegría, de felicidad, de bienestar, nuestro cerebro segrega las endorfinas, las “hormonas de la felicidad” que, en una mujer encinta, van a comunicar al hijo la tranquilidad y la alegría de vivir maternas.

Si se viven frecuentemente estos estados en el útero se memorizan, y hay muchas posibilidades de colorear el carácter del hombre o de la mujer que va a venir, que tendrán el gusto por la vida, una aptitud innata para la felicidad, y crearán de forma natural en su personalidad las condiciones capaces de realizarla.

Si el bebé en el útero está ávido de ternura, también sabe darla. Tenemos el testimonio de una observación fascinante empezada mediante ecografía por la Dra. Alessandra Piontelli, de Milán. Cuenta:

La Señora D. esperaba gemelos. En la primera ecografía, el niño (Luke) parecía mucho más activo que la niña (Alicia). Luke continuamente se movía, daba patadas, estiraba las piernas y empujaba la pared uterina. Su madre tenía la impresión de que estaba impaciente por salir. A mí también me dio la misma impresión. De vez en cuando, interrumpía su gimnasia para volver su atención hacia su hermana. Tendía sus manos hacia ella y le tocaba la carita suavemente a través de la membrana que los separaba. La niña le respondía girando su cara hacia él y durante unos momentos, se acariciaban, mejilla contra mejilla. Les habíamos puesto el sobrenombre de los ‘tiernos gemelos’.

Nos dimos cuenta de que Alicia tomaba menos frecuentemente la iniciativa de estos contactos que Luke. La mayor parte del tiempo, parecía adormecida o bien movía la cabeza y las manos imperceptiblemente, pero siempre respondía a los requerimientos de su hermano.

Cuando nacieron fui a visitarles al hospital. La madre me contó que Luke había nacido el primero, y que la diferencia de peso entre los dos era bastante apreciable. El niño es muy vivo y muy despierto; la niña, más endeble y más tranquila. Sus caracteres son los mismos que los que percibí observando su comportamiento en el útero.

Cuando tenían un año, andaban, empezaban a hablar y se divertían mucho juntos. Su juego favorito consistía en esconderse detrás de una cortina, y parecía que la utilizaban como la membrana que los separaba en el útero: Luke estiraba la mano por la cortina, Alicia hundía la cabeza en ella y empezaban a acariciarse.

El estudio de la Dra. Piontelli es muy significativo. Muestra que desde el inicio de la vida, y probablemente desde la concepción, los bebés tienen rasgos de personalidad específicos. Estos primeros esquemas de comportamiento parecen persistir durante el primer año de vida, atestiguando el desarrollo constante de la misma personalidad. Y cualquiera que ésta sea, la necesidad y la capacidad de comunicar son evidentes desde que están en el útero.

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